Stranger Things: por qué su final nunca pudo ser perfecto

Análisis del desenlace de la serie de Netflix y las decisiones narrativas de los hermanos Duffer que generaron debate entre los seguidores

La cuarta temporada de Stranger Things ha llegado a su fin, y con ella la inevitable cuestión sobre si el desenlace ha estado a la altura de las expectativas generadas durante años. La realidad es que, en cualquier realidad imaginable, alcanzar un cierre impecable para esta producción era una quimera desde el principio. Los creadores Matt y Ross Duffer, lejos de la perfección narrativa que muchos atribuían a su universo, han demostrado que la popularidad de la ficción les llevó a construir una mitología con tantas grietas como la Dimensión del Mismo. La presión del éxito y las demandas de una audiencia masiva convirtieron la planificación inicial en un proceso mucho más orgánico y, por tanto, imperfecto.

Durante años, los hermanos Duffer alimentaron la percepción de que cada detalle estaba cuidadosamente trazado desde el primer capítulo. Sin embargo, el resultado final revela numerosas inconsistencias que los fans han documentado minuciosamente en foros y redes sociales. La evolución del Mind Flayer, las contradicciones en las reglas de la Upside Down y la gestión del ejército como antagonista han mostrado que la improvisación jugó un papel mucho mayor de lo admitido. Esta falta de control absoluto, lejos de ser un defecto, es inherente a cualquier proyecto de esta magnitud que se extiende durante casi una década. Lo que sí resulta cuestionable es la narrativa de omnisciencia creativa que se vendió durante tanto tiempo.

El episodio final, con sus dos horas de duración, presenta una batalla climática técnicamente impecable. Después de los cierres emocionales del capítulo anterior, como la relación entre Steve y Dustin o la complicada dinámica entre Jonathan y Nancy, los guionistas logran reunir a todos los jóvenes protagonistas en una misión conjunta. La estrategia de los Duffer siempre ha sido clara: comprenden perfectamente los deseos de su audiencia, actuando como discípulos del cine espectacular de James Cameron y Steven Spielberg. Esta capacidad para crear momentos visualmente impactantes y emocionalmente resonantes es, sin duda, su mayor fortaleza.

La confrontación final distribuye roles específicos a cada personaje clave. Eleven, interpretada por Millie Bobby Brown, se enfrenta directamente a Vecna en el interior del monstruo, mientras Will, personaje que Noah Schnapp revitaliza esta temporada, intenta conectar telepáticamente con la criatura. La versión de Vecna, antes conocido como Henry, recibe una contextualización que busca añadirle capas de complejidad. Por su parte, el grupo liderado por una Nancy más determinada que nunca, asume la tarea de destruir el Mind Flayer desde el exterior. La coordinación de estas múltiples líneas de acción demuestra una destreza técnica notable, aunque no exenta de cierta artificialidad dramática.

Uno de los aspectos más controvertidos del desenlace es la tendencia a victimizar a los villanos. A través del personaje de Holly, descubrimos que Henry también fue víctima del Mind Flayer, una revelación que busca generar empatía pero que resulta cuestionable. Esta obsesión contemporánea de Hollywood por encontrar justificaciones psicológicas para la maldad, por buscar el trauma detrás de cada monstruo, a veces resta poder a la narrativa. ¿No es posible, en ocasiones, que el mal sea simplemente eso, mal? La complejidad no siempre requiere de una excusa traumática, y la fuerza de un antagonista puede diluirse cuando se le somete a una psicoanalisis forzado.

Tras una victoria que algunos consideran demasiado contundente, los héroes deben enfrentarse al ejército de la doctora Kay, interpretada por Linda Hamilton. La advertencia de Kali a Eleven se hace realidad: mientras ella viva, su sangre será objetivo de experimentaciones. El montaje que acompaña el sacrificio de la protagonista, con Purple Rain de Prince de fondo, sigue la fórmula que ya funcionó con Running Up That Hill de Kate Bush. Se trata de un recurso manipulador pero efectivo, diseñado para maximizar el impacto emocional. La pregunta es si esta cancición experimentará el mismo resurgimiento comercial que su predecesora, convirtiéndose en el nuevo himno de la serie.

Los Duffer, sin embargo, evitan caer en el pesimismo absoluto. En lugar de sumir la historia en la desesperanza, optan por un salto temporal de dieciocho meses que nos sitúa en la graduación de los personajes adolescentes. Este epílogo permite un cierre circular que celebra la supervivencia y la amistad, aunque también deja puertas abiertas para futuras amenazas. La decisión de terminar en una nota esperanzadora, con los personajes mirando hacia el futuro, refleja la naturaleza esencial de Stranger Things: una aventura sobre el poder del vínculo grupal frente a la oscuridad.

En definitiva, el final de Stranger Things no es perfecto, pero tampoco pretendía serlo. Funciona como un cierre emocional para personajes que han acompañado a millones de espectadores durante años. Las imperfecciones narrativas, las contradicciones en la mitología y los recursos dramáticos manipuladores son parte de un paquete que, a pesar de todo, logra su objetivo principal: entretener y conmover. Los hermanos Duffer han creado una obra de su tiempo, con las virtudes y defectos de la era del contenido masivo. El legado de la serie no residirá en su coherencia interna, sino en la conexión que estableció con una generación de fans que encontró en Hawkins un hogar alternativo.

Referencias

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