La actriz Sanseverina Lazar, quien dio vida al icónico personaje de Aidita en la popular serie española Aída, ha roto su silencio tras años alejada de los focos mediáticos. Ahora, con 26 años, ha decidido compartir su historia en el programa 'Fiesta' de Telecinco, revelando las duras consecuencias que la fama prematura tuvo en su vida y el difícil camino que ha recorrido para sanar las heridas del pasado.
El éxito fulminante llegó cuando apenas contaba siete años. Durante más de setenta capítulos, Sanseverina se convirtió en una de las caras más reconocibles de la televisión española, creciendo literalmente ante la mirada de millones de espectadores. Lo que para muchos niños hubiera sido un sueño hecho realidad, se transformó para ella en una experiencia ambivalente que marcaría su desarrollo emocional para siempre.
En sus propias palabras, los inicios fueron inocentes y llenos de ilusión: "Yo estudiaba en el colegio, se me daba bien, los papeles se me daban bien, para mí no era un trabajo, era un juego con el que me lo pasaba muy bien". Sin embargo, esta percepción idílica cambió drásticamente a medida que su rostro se hacía más familiar para el gran público. La exposición constante derivó en una situación que pocos imaginarían: el acoso escolar y callejero basado precisamente en las características de su personaje.
El fenómeno del bullying que sufrió trascendió la ficción. Las bromas y comentarios que su personaje recibía en la serie se materializaban en su vida diaria, creando un círculo vicioso de humillación pública y privada. "Pasé a ser accesible para todo el que me reconocía, las bromas que se hacían en la serie luego me las hacían en la vida real", confesó la actriz durante la entrevista. La crueldad infantil, aunque posiblemente inconsciente de su impacto, dejó profundas secuelas en su psique.
Lo más impactante de su testimonio es la soledad con la que cargó este peso. Durante años, ocultó la magnitud del sufrimiento a su propia familia: "Lo llevé como pude, no se lo conté a mi familia, no quería que mis padres se enterasen de nada, no quería cargarles con eso". Esta decisión, aunque comprensible desde la perspectiva de una niña que quería proteger a sus seres queridos, aisló aún más a la joven actriz en su propio calvario.
Las situaciones a las que se vio expuesta superaron con creces el mero acoso verbal. Sanseverina describió experiencias que rayaban la violencia física: "Yo llegué a tener miedo por la calle, eran situaciones muy violentas que no te esperas, te enganchan del brazo o te pegan un grito, cuando eres una niña estas cosas dan miedo". La gravedad de estos hechos la llevó a buscar ayuda profesional, un paso crucial que le permitió empezar a procesar el trauma, siempre con el apoyo incondicional de sus padres, aunque estos ignoraran la causa real de su malestar.
El punto de inflexión llegó con el final de la serie, cuando tenía catorce años. A pesar de que el programa había concluido, el público continuaba identificándola únicamente con aquella niña de la ficción. Fue entonces cuando tomó una decisión valiente y necesaria: alejarse completamente del mundo de la interpretación para dedicarse a su recuperación emocional. "Cuando terminó 'Aída' me di cuenta de que tenía que ponerme bien antes de seguir trabajando como actriz, tenía que superar ese miedo que tenía a que me trataran mal después de hacer una serie, yo quería vivir con amor", explicó con sinceridad.
El proceso de sanación fue largo y complejo. Sus propios padres no conocieron la verdadera dimensión de lo sucedido hasta muchos años después, concretamente cuando surgió la posibilidad de participar en el proyecto cinematográfico de Paco León. "Mis padres no sabían lo que me pasó, se enteraron cuando se habló de hacer la película de Paco León. Yo tenía ciertos miedos por lo que viví en el pasado, me asustaba que hubiera críticas muy malas, demasiado malas", reconoció.
Hoy, con la madurez que dan los años y el trabajo terapéutico realizado, Sanseverina Lazar ha vuelto a la interpretación de la mano de Paco León con 'Aída y vuelta', una nueva oportunidad profesional que afronta con renovada ilusión y una perspectiva completamente diferente. Su regreso no solo representa una segunda oportunidad en su carrera, sino una victoria personal sobre el trauma y el miedo que la paralizaron durante años.
La historia de Sanseverina Lazar sirve como poderoso recordatorio de las consecuencias que la fama infantil puede tener en el desarrollo psicológico de los menores. Su testimonio pone de manifiesto la necesidad de proteger a los niños actores no solo en el ámbito laboral, sino también en su vida escolar y social. La industria del entretenimiento tiene la responsabilidad de crear sistemas de apoyo que eviten que experiencias como la suya se repitan.
La valentía de la actriz al compartir su historia abre un debate necesario sobre el acoso escolar, la salud mental infantil y los efectos secundarios de la exposición mediática temprana. Su mensaje de esperanza y superación resuena especialmente en aquellos jóvenes que han enfrentado situaciones similares, demostrando que es posible sanar y reconstruir la vida después del trauma.
Con nuevos proyectos en el horizonte, Sanseverina Lazar demuestra que la resiliencia y el amor propio pueden vencer incluso las experiencias más dolorosas. Su regreso a la interpretación no es solo un capítulo profesional, sino una declaración de supervivencia y una invitación a tratar estos temas con la seriedad y la sensibilidad que merecen.