En la serena costa asturiana, lejos del bullicio mediático que acostumbra a perseguirle, Jordi Évole se adentra en el refugio particular de Juan José Millás. Lo que promete ser un encuentro sin guion ni artificios televisivos se convierte en una danza de espejos, donde las palabras esquivan y atrapan, revelando la fragilidad que yace bajo la fama y el intelecto. El programa, lejos de quedarse en la superficie de los temas convencionales, se sumerge en las aguas turbias del duelo personal, las separaciones y los rastros materiales que dejan los amores rotos.
La conversación fluye inicialmente entre reflexiones sobre la vejez, el capitalismo y el creciente individualismo contemporáneo. Sin embargo, el verdadero núcleo de la entrevista emerge cuando el foco se desplaza hacia el terreno emocional. Millás, habitualmente diestro desmenuzando la realidad social con su pluma, muestra una evidente reticencia a aplicar esa misma lupa a su propia biografía. La intimidad, se percibe rápidamente, es su línea roja.
El escritor comparte que su pareja ejerce la profesión de psicoanalista, detalle que Évole no deja pasar inadvertido. La pregunta, inevitable, surge con la delicadeza de quien sabe que está pisando terreno minado: ¿No genera eso una sensación constante de ser objeto de análisis? Millás desactiva la inquietud con precisión quirúrgica: aclara que esa mirada profesional no se activa en el ámbito doméstico, trazando una frontera invisible pero infranqueable entre el consultorio y el hogar. Es una distinción sutil, pero vital para la supervivencia de cualquier relación donde el trabajo consiste en desentrañar mentes.
El diálogo gana en profundidad cuando ambos reconocen que sus matrimonios actuales no son sus primeras uniones. Es entonces cuando la palabra divorcio se materializa en la estancia, pesada y tangible. Évole, con su característica empatía, abre la vía: "A veces tengo la sensación de que con los divorcios o con las separaciones lo tratamos con una cierta frivolidad". La afirmación no busca juicio, sino comprensión. Millás responde con la contundencia de quien ha vivido la herida: "Hombre, siempre es doloroso". No hay lugar para el drama gratuito, pero tampoco para la negación. El dolor es un hecho, no una opción.
La generación a la que pertenece Millás, subraya, fue pionera en un terreno que hoy parece normalizado. "Nosotros fuimos la primera generación que se separó. Todavía no existía el divorcio". Las palabras resuenan con el eco de una época donde la separación era un acto de rebeldía social, susurrado entre familiares con vergüenza y estigma. No era solo una decisión personal, sino una transgresión colectiva que desafiaba las estructuras familiares tradicionas. Ese contexto histórico, a menudo olvidado, explica parte de la carga emocional que arrastran quienes lo protagonizaron.
Cuando Évole le pide definir qué es una separación, Millás elude las respuestas jurídicas o estadísticas. Su definición es literaria, casi poética: "Es como romper una frase. Se rompe una sintaxis". La metáfora es poderosa. Una relación, como un texto, posee una estructura, un ritmo, un sentido construido palabra a palabra. La separación no es solo un corte, es una destrucción de gramática emocional que deja las frases inconclusas, los párrafos sin cerrar. Es una forma de entender el duelo emocional que trasciende lo legal para adentrarse en lo existencial.
El recuerdo se vuelve más crudo cuando Millás evoca a su hijo, que contaba apenas cuatro años en el momento de la ruptura. La pregunta atormenta a cualquier progenitor: "¿Cómo le cuentas a un niño que 'mamá y yo nos vamos a separar'?". El escritor califica esos instantes de "trágicos", pero añade una reflexión que desarma: los niños perciben la verdad antes que los adultos. "Saben las cosas antes que nosotros. Lo que mejor escuchan es lo que no se dice". La intuición infantil capta los silencios, las tensiones no verbalizadas, la ausencia de amor que los adultos intentan disimular con palabras vacías. Es una lección sobre la honestidad emocional que la madurez a menudo entorpece.
La conversación alcanza su punto de máxima tensión cuando Millás decide poner freno. El escritor, incómodo con la dirección que toma el interrogatorio, lanza una advertencia directa: "Esto es una conversación, no un interrogatorio". Acusa a Évole de construir escenarios donde "la gente baja la guardia y le sacas los hígados". El reproche es claro: hay una violencia simbólica en arrancar confesiones íntimas bajo la apariencia de la cordialidad. Millás invoca el pudor, esa virtud olvidada en la era del sobrecompartir, y advierte que el periodista busca una "ruptura" emocional para alimentar el relato televisivo. "Hay que defenderse un poco de ti", le espete, reconociendo al mismo tiempo que consume sus entrevistas porque le gustan. Es una paradoja: la fascinación por el método, aunque el método duela.
Es en ese instante de desequilibrio donde ocurre el giro más revelador. Évole, acostumbrado a ser quien cuestiona, se ve forzado a confesar. Admite que él también atraviesa una separación y, en un detalle que parece menor pero lo dice todo, reconoce: "Tengo libros todavía en casa de mi ex, míos". La frase es un goteo de vulnerabilidad. Millás, con agudeza, invierte los papeles: "¿Eso es que no te has ido del todo?". La pregunta, que podría salir de cualquier diván, desconcierta a Évole: "¿Me estás psicoanalizando tú a mí?". El rol se ha invertido. El entrevistador es ahora el entrevistado, el analista se convierte en analizado. Las risas surgen, pero son nerviosas, cargadas de complicidad y reconocimiento mutuo.
Ese detalle de los libros olvidados funciona como metáfora perfecta de los procesos de duelo inconclusos. Los objetos que permanecen en el territorio del otro son anclas emocionales, pruebas materiales de que la separación no es limpia ni total. Son fragmentos de una vida compartida que resisten ser reclamados, quizás porque reclamarlos significaría cerrar definitivamente la puerta. Es más fácil dejarlos allí, en la estantería de quien ya no es tu pareja, que enfrentar el vacío de su ausencia en tu nueva vida.
El intercambio entre ambos trasciende el formato televisivo. Se convierte en un espejo donde el espectador ve reflejadas sus propias heridas. La conversación desnuda una verdad incómoda: las separaciones modernas, aunque legalmente simplificadas, siguen siendo terriblemente complejas emocionalmente. La normalización del divorcio no ha traído consigo una guía para el duelo. Cada quien construye su propio camino entre los escombros, y esos caminos están llenos de objetos olvidados, palabras no dichas y silencios que gritan.
Millás defiende su derecho a la opacidad con vehemencia. En un mundo donde la transparencia se ha vuelto una exigencia, especialmente para los personajes públicos, el escritor reivindica el valor de lo privado. No es evasión, es supervivencia. El pudor no es una debilidad, sino una forma de proteger la propia vulnerabilidad de convertirse en espectáculo. Su advertencia a Évole es, en realidad, una lección para todos: hay que defenderse de la seducción de la confesión fácil, de la trampa de creer que hablar de todo es sanar todo.
La entrevista, o más bien la conversación, termina dejando más preguntas que respuestas. Y eso es precisamente su éxito. No ofrece soluciones prefabricadas ni moralejas edulcoradas. Muestra a dos hombres, marcados por experiencias similares, intentando dar sentido a lo que perdieron y a lo que aún arrastran. Los libros de Évole en casa de su ex son el símbolo de ese arrastre: una historia sin punto final, una sintaxis rota que nadie se atreve a reparar del todo.
En definitiva, el encuentro entre Jordi Évole y Juan José Millás trasciende el mero contenido televisivo. Se convierte en un documento vivo sobre cómo las generaciones lidian con el desamor, cómo los objetos materiales retienen memoria emocional y cómo, pese a los avances sociales, el duelo por una relación sigue siendo un territorio íntimo y resbaladizo. Una lección de honestidad, pudor y la eterna complejidad de ser humano.