Barcelona se convirtió este jueves en el epicentro de una poderosa demostración de solidaridad internacional con el pueblo palestino. El icónico Palau Sant Jordi registró un lleno total durante el concierto benéfico que puso el broche final a la campaña Act X Palestine, una iniciativa global destinada a recaudar fondos y visibilizar la crisis humanitaria en Gaza. Lo que nadie esperaba era que la noche reservara una sorpresa mayúscula que terminaría por convertirse en el momento más emotivo de toda la jornada.
El evento, que ya había agotado todas sus entradas horas antes de su inicio, contó con la participación de algunas de las voces más representativas de la escena musical actual. Amaia, Bad Gyal, Oques Grasses, la leyenda Lluís Llach y Fermín Muguruza fueron solo algunos de los artistas que subieron al escenario para ofrecer su apoyo a la causa. Sin embargo, fue la inesperada aparición de Rosalía la que elevó la energía del recinto a niveles insospechados.
La organización había mantenido en secreto la participación de la estrella catalana, a pesar de que su presencia en la ciudad había generado especulaciones en redes sociales durante las últimas horas. Cuando los primeros acordes de 'Perla' comenzaron a sonar, el público estalló en un clamor de emoción que confirmó lo que muchos esperaban pero nadie se atrevía a confirmar. La intérprete de Motomami no solo cumplió con las expectativas, sino que dejó claro su posicionamiento en una causa que ha generado debate internacional.
El contexto político de la aparición de Rosalía no pasó desapercibido. En los últimos meses, la artista había recibido críticas por su supuesta cautela al expresar posturas sobre temas de actualidad política, un contraste notable con su activismo previo, cuando no dudó en confrontar públicamente a formaciones como Vox a través de sus redes sociales. Su actuación en el Sant Jordi representó, para muchos, un retorno a esa voz contestataria que la caracterizó en sus inicios, demostrando que su compromiso social sigue muy presente.
El concierto no fue únicamente un espectáculo musical, sino un acto de denuncia y reivindicación. Antes de que comenzaran las actuaciones, los organizadores rindieron un emotivo homenaje a Hind Rajab, la niña palestina de cinco años cuyo trágico final conmocionó al mundo hace exactamente dos años. Su historia, difundida a través de la grabación de una llamada desesperada pidiendo ayuda mientras esperaba una ambulancia que nunca llegó, se ha convertido en un símbolo de la vulneración de los derechos de la infancia en zonas de conflicto.
La conmemoración de Hind Rajab no se limitó al interior del Palau Sant Jordi. Horas antes del concierto, alrededor de doscientas personas se congregaron en la playa de Barcelona para rendirle tributo. La organización Avaaz desplegó una impresionante lona de mil metros cuadrados con el retrato de la menor, mientras su madre, Wesam Hamada, presenciaba la ceremonia. El objetivo era doble: reclamar protección para los niños palestinos y exigir responsabilidades por las violaciones de derechos humanos. Este acto previo sentó el tono solemne que posteriormente se trasladaría al escenario del Sant Jordi.
El cartel del concierto reflejaba la diversidad y riqueza del panorama musical actual. Desde el rap de Morad hasta la sensibilidad de Yeray Cortés, pasando por la energía de Guillem Gisbert y Mushka, cada artista aportó su granito de arena a una causa común. La presencia de Lluís Llach, figura histórica de la canción protesta en Cataluña, añadía una capa de significado simbólico al evento, conectando las luchas sociales del pasado con las del presente.
Entre los momentos más destacados de la jornada figuraron las intervenciones de Kayed Hammad, intérprete y fixer de Gaza, quien mantuvo una conversación con el actor Eduard Fernández sobre la realidad en el terreno. La presencia del entrenador de fútbol Pep Guardiola, conocido por su activismo en favor de los derechos palestinos, también fue uno de los puntos álgidos de la velada. Su intervención, breve pero contundente, recordó a los asistentes la importancia de utilizar la plataforma pública para visibilizar injusticias.
Desde el primer minuto, el público respondió con una entrega total. El Sant Jordi se convirtió en un mar de pancartas, gritos de apoyo y lágrimas compartidas. La organización logró crear un ambiente que trascendía lo meramente musical, convirtiendo cada canción en una declaración de principios. La venta de entradas, que se agotó con rapidez, garantizó que los objetivos económicos de la campaña se cumplieran, aunque los organizadores no facilitaron cifras definitivas durante el evento.
La película 'La voz de Hind Rajab', que recientemente ha dado nueva dimensión cultural a la historia de la niña palestina, fue mencionada en varias intervenciones como ejemplo de cómo el arte puede servir de vehículo para la memoria y la justicia. Esta conexión entre cultura y activismo fue el hilo conductor de toda la jornada, que buscaba no solo recaudar fondos, sino también mantener viva la atención internacional sobre un conflicto que continúa generando víctimas civiles.
La irrupción de Rosalía en el escenario, cantando uno de sus temas más personales y emotivos, cerró el círculo de una velada que ya de por sí era histórica. Su voz, acompañada de la de miles de personas que corearon cada palabra, demostró que la música sigue siendo una herramienta poderosa para la movilización social. La artista, que ha sabido mantener un equilibrio entre su carrera internacional y sus raíces catalanas, dejó claro que su compromiso con las causas justas no ha desaparecido.
El impacto del evento trascenderá las fronteras de Barcelona. Como parte de una campaña internacional coordinada por Act X Palestine, el concierto se suma a una serie de iniciativas similares en diferentes ciudades del mundo. La visibilidad conseguida, especialmente tras la participación de Rosalía, asegura que el mensaje llegará a audiencias mucho más amplias, generando el debate necesario sobre la responsabilidad internacional en la protección de civiles en zonas de conflicto.
A medida que las luces del Sant Jordi se apagaban y el público abandonaba el recinto con la emoción a flor de piel, quedaba claro que el objetivo se había cumplido. Más allá de las cifras recaudadas, que sin duda serán significativas, el concierto logró algo quizás más importante: mantener viva la esperanza de que la solidaridad internacional puede marcar la diferencia. La música, una vez más, demostró su capacidad para unir voces, trascender fronteras y dar esperanza a quienes más la necesitan.