El Málaga Club de Fútbol ha vuelto a tropezar con la misma piedra. En una noche fría de diciembre, el conjunto andaluz ha protagonizado una nueva eliminación temprana en la Copa del Rey, esta vez a manos del Talavera de la Reina, un rival de categoría inferior que supo aprovechar su condición de local para sellar un 2-1 que deja a los malaguistas fuera del torneo del KO. El Municipal de El Prado, con más de 4.000 espectadores, fue testigo de una nueva página en el libro de las desgracias coperas de un club que parece tener el don de convertir las apuestas seguras en pesadillas inolvidables.
El encuentro comenzó con un Málaga claramente renovado. El técnico, que apenas acumula tres partidos al frente del equipo, decidió llevar al extremo las rotaciones, alineando a un once con ocho canteranos en el once inicial. Solo Gabilondo, Montero y Lobete contaban con experiencia consolidada en el primer equipo. Esta apuesta por la juventud, lejos de ser una oportunidad de oro para los jóvenes valores, se convirtió en un boomerang táctico que el Talavera supo explotar desde el primer minuto.
La primera mitad transcurrió sin goles, pero no sin emociones. Los locales, bien organizados en su esquema defensivo, dejaron claro que no iban a regalar nada. El Málaga, por su parte, mostró una falta de ritmo preocupante. Los jugadores que no habían disputado minutos en las dos jornadas ligueras previas evidenciaron su falta de chispa, y solo algunas aproximaciones aisladas de Haitam y Chupete inquietaron la meta defendida por Jaime González.
La segunda parte desveló la verdadera cara del encuentro. El minuto 56 marcó el punto de inflexión. Una jugada a balón parado acabó con un rechace de la zaga malaguista que cayó en las botas de Sergio Montero, quien empaló una volea baja e imparable para Carlos López. El 1-0 desnudó las carencias defensivas del conjunto visitante, que no supo reaccionar al contragolpe local.
Antes de que el Málaga pudiera recomponerse, llegó el segundo golpe. En el 64, otra vez Sergio Montero apareció en el área pequeña para rematar un centro que la defensa blanquiazul no despejó con contundencia. El 2-0 sentenció prácticamente el encuentro y dejó a los jugadores del Málaga con la mirada perdida y las ideas aún más dispersas.
El técnico movió ficha con tres cambios simultáneos. Entraron Rafita, Jauregi y Adrián Niño por Ochoa, Haitam y Chupete, respectivamente. La entrada del delantero, una de las pocas noticias positivas de la temporada, volvió a demostrar por qué se ha convertido en el salvador habitual. En el 89, Adrián Niño se anticipó a todos en el segundo palo para empujar un centro cerrado desde la derecha que ningún defensor del Talavera pudo tocar. El 2-1, sin embargo, llegó demasiado tarde.
El árbitro valenciano Ais Reig no tuvo una noche fácil. Amonestó a Di Renzo por una dura entrada y, en el descuento, decidió expulsar a un miembro del banquillo local por protestar una decisión. El clima, con apenas 6 grados de temperatura, no ayudó al juego vistoso, pero tampoco puede servir de excusa para un Málaga que volvió a mostrar su peor versión cuando la confianza parecía un bien escaso.
La historia se repite una y otra vez. El Málaga tiene una relación casi maldita con la Copa del Rey. En las últimas décadas, nombres como Escobedo, Mirandés, Numancia, Majadahonda, Lorca, Ciudad de Murcia, Gimnàstic o Ceuta han pasado a formar parte de un oscuro hall de la fama de eliminaciones inesperadas. El Talavera se suma ahora a esa lista, con el añadido de que ya protagonizó una eliminatoria dramática contra el Málaga en la fase de ascenso a Segunda División de la temporada 1997-98, cuando complicó seriamente el sueño de los andaluces de regresar a la categoría de plata.
Los tres exjugadores de aquella época, Arellano, Javi Gutiérrez y Rubén Tornero, que realizaron el saque de honor, debieron sentir una extraña sensación de déjà vu. Aquella eliminatoria, igual que esta Copa, dejó un regusto amargo en la boca de la afición malaguista.
El análisis del partido revela problemas estructurales. Las rotaciones, necesarias en un torneo como la Copa, no pueden convertirse en una renuncia total a la competitividad. Los ocho canteranos mostraron entrega, pero carecieron de liderazgo y experiencia. Gabilondo y Montero, los centrales, no pudieron imponer su criterio, y la pareja de mediocentros formada por Arriaza y Rafa no generó el equilibrio necesario.
La presencia de Arriaza, debutando oficialmente con el primer equipo, fue quizás el único aliciente. Forma parte de la tercera generación de una saga de futbolistas ilustres de la ciudad, y su actuación, pese al resultado, deja entrever un futuro prometedor. Sin embargo, el contexto del debut no pudo ser peor.
Adrián Niño, una vez más, fue la única cara visible del Málaga. Su gol, el noveno de la temporada, le consolida como máximo goleador y como única esperanza ofensiva de un equipo que se debate entre la irregularidad y la falta de recursos. La pregunta es inevitable: ¿por qué tarda tanto en saltar al campo?
El técnico Funes se enfrenta ahora a una crisis de confianza. Su bagaje de tres partidos incluye una victoria ajustada ante el Mirandés en tiempo añadido, un empate pobre en Valladolid y esta eliminación copera. Los números no mienten, y la sensación de descontrol empieza a preocupar en la grada de La Rosaleda.
La eliminación copera, aunque no sea el objetivo principal del club, deja heridas. La Copa del Rey es una competición que puede servir para reforzar la moral del equipo, dar minutos a los suplentes y, por qué no, soñar con un buen embolso económico. El Málaga, sin embargo, la ha convertido en un campo de batalla donde la derrota parece estar escrita de antemano.
El próximo reto para los blanquiazules es la competición liguera, donde necesitan sumar de tres en tres si quieren mantenerse en la pelea por el ascenso. La lesión de moral que supone esta eliminación debe ser superada rápidamente. El vestuario necesita un liderazgo firme, y la afición, respuestas claras.
El Málaga debe aprender de sus errores. La apuesta por la cantera es necesaria, pero no puede ser sinónimo de renuncia. Los jóvenes necesitan referentes, y los referentes necesitan apoyo. La gestión de la plantilla en las próximas semanas será clave para que esta eliminación no sea el preludio de una crisis mayor.
El Talavera, por su parte, celebra una victoria histórica. Para un club de su categoría, eliminar a un histórico como el Málaga es un premio a la planificación y al esfuerzo colectivo. Su entrenador supo leer el partido, y sus jugadores ejecutaron a la perfección. El Municipal de El Prado vibró como hacía tiempo no lo hacía.
La Copa del Rey vuelve a demostrar que es el torneo de las sorpresas. Para el Málaga, sin embargo, es el torneo de las pesadillas recurrentes. La pregunta que se hacen los aficionados es cuándo llegará el día en que el equipo pueda mirar a esta competición con ojos de ilusión y no de temor. Mientras tanto, solo queda la resignación y la esperanza de que la liga ofrezca una redención posible.
El balance de la noche es claro: un equipo sin ritmo, una defensa sin liderazgo y un ataque que solo despierta cuando la desventaja es insalvable. El Málaga tiene deberes que corregir, y el tiempo empieza a agotarse. La plantilla es joven, pero no puede ser inmadura. El técnico es nuevo, pero no puede ser inexperto. La afición es paciente, pero no infinita.
La eliminación en Talavera debe servir como punto de inflexión. O se toman medidas claras o el riesgo de que la temporada se desboce es más que real. La historia, una vez más, ha demostrado que en el fútbol no hay rivales pequeños, solo equipos que no saben jugar a ser grandes. El Málaga, esta noche, fue uno de ellos.