El Estadio Pedro Sancho de Zaragoza fue el escenario de una auténtica locura futbolística que vivió su epílogo con el Osasuna clasificado para la siguiente ronda de la Copa del Rey, pero no sin antes pasar por el infierno ante un Ebro que plantó cara hasta el último suspiro. El 4-2 final no refleja del todo la intensidad de un duelo que estuvo a punto de prolongarse más de lo esperado y que mantuvo a los espectadores en vilo durante noventa minutos de puro drama.
La eliminatoria presentaba un claro favorito sobre el papel. Los rojillos, con su plantilla consolidada en Primera División y su experiencia en competiciones europeas, visitaban a un conjunto maño de categoría inferior con la intención de solventar el compromiso sin mayores complicaciones. Sin embargo, el fútbol tiene estas cosas. Desde el pitido inicial, el conjunto local salió con una actitud que desmontó cualquier previsión conservadora. La presión alta y el orden táctico del Ebro incomodaron a un Osasuna que tardó en encontrar su ritmo de juego habitual.
El primer tiempo transcurrió con dominio alterno, pero fue el Ebro quien tuvo las ocasiones más claras. Los locales, lejos de especular con el resultado o encerrarse atrás, buscaron el gol con insistencia y valentía. Y su recompensa llegó antes del descanso. Un centro preciso desde la banda derecha encontró a un rematador solitario que batió a Aitor Fernández con un cabezazo impecable, colocando el 1-0 en el marcador y el delirio en las gradas. El golpe obligaba a los de Pamplona a reaccionar si no querían sufrir la sorpresa de la eliminatoria.
La segunda mitad comenzó con un Osasuna transformado. Arrancó el periodo con una marcha más y encontró el empate casi de inmediato, apenas tres minutos después del reinicio. Una jugada elaborada por las bandas terminó en el área pequeña, donde Raúl García, una de las referentes indiscutibles del equipo, empujó el balón a la red con la sangre fría del goleador experimentado. El 1-1 parecía tranquilizar a los visitantes, pero lo que vino después fue pura locura desatada.
Apenas diez minutos después, el mismo Raúl García volvió a aparecer en escena. Una contra rápida, una asistencia medida desde la banda izquierda y el capitán remató con la experiencia acumulada en años de élite. El doblete del navarro ponía el 1-3 y todo parecía sentenciado. El Ebro, teóricamente, debía desmoronarse psicológicamente ante la calidad superior del rival. Pero los de Zaragoza tienen orgullo y corazón, y eso no se compra con dinero.
Lo que siguió fue un intercambio de golpes digno de una película de boxeo. En apenas sesenta segundos, Marc Prat aprovechó un error defensivo infantil de los rojillos para recortar distancias. El 2-3 reavivó las esperanzas locales y el partido entró en una fase de ida y vuelta sin control alguno por parte de ninguno de los dos contendientes. Osasuna, que había hecho varios cambios para refrescar el equipo y dar minutos a jugadores menos habituales, vio cómo el Ebro crecía en confianza y peligro con cada acción.
Fue entonces cuando apareció la figura de Moi Gómez. El mediapunta se sacó de la chistera un disparo lejano, casi desde la frontal del área, que se coló por la escuadra del meta local como un misil teledirigido. Un golazo que ponía el 2-4 y que, de nuevo, parecía cerrar definitivamente la eliminatoria. El entrenador Jagoba Arrasate respiraba tranquilo en el banquillo, pero el fútbol no había terminado de hablar todavía.
El Ebro no se rindió ni por un instante. Volcado al ataque en busca del milagro, encontró la recompensa en forma de penalti polémico. Una acción dentro del área de Osasuna fue señalada por el colegiado, generando protestas entre los visitantes. Víctor Charlez se encargó de transformar la pena máxima con frialdad extrema, engañando al portero y colocando el 3-4 a falta de minutos para el final. La prórroga asomaba en el horizonte y el miedo se apoderaba de los rojillos.
Con el partido ya en tiempo añadido -seis minutos que se hicieron eternos para ambos conjuntos-, el Ebro se jugó todo al ataque en busca del empate. Pero en una contra letal y demoledora, Víctor Muñoz, que había entrado desde el banquillo para dar profundidad, asistió a Becker para el definitivo 2-5. Aún había tiempo para más drama, y el propio Muñoz, en el último suspiro del encuentro, cerró la cuenta con el 2-6 definitivo que certificaba el pase.
El resultado final dejó un sabor agridulce en ambos bandos. Por un lado, Osasuna cumplió su objetivo de pasar de ronda, pero el nivel de sufrimiento fue mayor de lo esperado en los planes iniciales. El rendimiento del Ebro, por otro lado, fue digno de elogios y aplausos generalizados. Los maños demostraron que en la Copa del Rey, el corazón, la entrega y la fe en uno mismo pueden competir de tú a tú contra la calidad individual y el presupuesto superior.
Las implicaciones del partido son claras para el conjunto navarro. El técnico Arrasate sabe que su equipo debe mejorar sustancialmente en la gestión de las ventajas y en la concentración defensiva. Los errores cometidos ante el Ebro, si bien no fueron fatales esta vez, podrían serlo en instancias más avanzadas de la competición o en LaLiga. La figura de Víctor Muñoz, sin embargo, aparece como un punto positivo y una alternativa real. Su entrada desde el banquillo dinamitó el partido y demostró que puede ser una alternativa de garantías cuando el equipo necesita frescura y desborde.
Para el Ebro, la eliminación no ensombrece una actuación memorable y que quedará en la memoria de su afición. Plantar cara a un Primera, llevarle al límite y marcar dos goles en una noche mágica es un logro que sus aficionados no olvidarán en mucho tiempo. El equipo de Zaragoza dejó su sello inconfundible en esta edición de la Copa del Rey y demostró que el fútbol modesto sigue vivo y con mucho que decir.
El partido también dejó detalles tácticos interesantes para los analistas. La presión del Ebro en la primera mitad incomodó la salida de balón de Osasuna, obligando a los centrales a jugar con balones largos y perder precisión. La velocidad por las bandas de los locales creó problemas constantes a la defensa visitante, que se vio superada en varias ocasiones. Por su parte, Osasuna demostró su efectividad en las transiciones rápidas, especialmente con la conexión entre Becker y Raúl García.
La Copa del Rey vuelve a demostrar su magia inigualable. En una noche fría de Zaragoza, el fútbol regaló emociones, goles y un espectáculo que justifica el amor por este deporte. Osasuna avanza con paso firme, pero el Ebro se lleva los aplausos del respeto ganado. Y es que en el fútbol, a veces, el valor de competir puede ser tan importante como el resultado final en el marcador.